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El procedimiento que inició para incrustar el oro sobre el acero consistía en preparar la superficie, con un fino picado romboidal conseguido mediante pequeños golpes de una punceta bien templada y muy afilada. Por este sistema realizó incrustaciones de gran mérito artístico, fijando el hilo de oro sobre las casi microscópicas rebabas que daban aspereza a la pieza en el lugar que habría de trabajarse. El picado a punceta, aunque efectivo para que el oro quedase bien engarzado en sus minúsculos resaltes, era irregular si se observaba de cerca o con lente de aumento. Al considerarlo, se le ocurrió a su hijo Placido probar a hacerlo a cuchilla, ‘’estriado a cuchilla’’, que al manejarla manualmente y a fricción no solo consiguió igual efecto con mayor rapidez de ejecución, sino también que la superficie a grabar fuera más perfecta y uniforme. Así evolucionó totalmente el damasquinado mediante recursos de una mayor facilidad y perfección.
A Plácido Zuloaga se debe realmente el esplendor de esta industria artesanal de incrustación de oro sobre acero; dándole, además nuevas aplicaciones en jarrones, ánforas, cuadros y objetos de uso personal etc. y, sobre todo, en obras de tanto mérito como el panteón de Prim. y el altar de Loyola.
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| Fuente: el libro "Los Zuloaga, dinastía de artistas vascos". |
